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Liderazgo

Leer ¿Y eso para qué te sirve?

Si leo sobre liderazgo, estoy invirtiendo tiempo en mi crecimiento. Si leo una de las novelas de Anne Carson, estoy perdiendo el tiempo. Hablemos de ese criterio.

Pamela Hickethier · Columnista
18 oct 2026 · 4 min de lectura
Libros apilados

Parece que nos pusimos de acuerdo que todo lo que hacemos tiene que estar ligado a nuestra productividad. Y la productividad pareciera que es directamente proporcional a nuestro valor personal y social. Por lo que no es cosa rara que, si nos encontramos un hobby que, aparentemente, no nos sume en lo productivo, nos sintamos culpables de disfrutarlo.

Me pasó… Bah… En realidad, me sigue pasando. Uno de mis hobbies favoritos es la lectura. En realidad, ya pasó la etiqueta de hobby y se volvió una afición. Y me encuentro en constante debate conmigo de por qué leer novelas necesita defenderse como si fuera una pérdida de tiempo, algo que solamente puedo disfrutar si tengo el suficiente tiempo libre para permitirme semejante lujo (o sea, nunca).

Si leés un libro de liderazgo, parece que estás invirtiendo en tu crecimiento. Si leés una novela de quinientas páginas sobre una familia que se detesta, parece que estás evitando tus responsabilidades. Aunque esa familia tenga bastante más para enseñarte sobre la reunión del lunes de lo que podamos llegar a creer.

Nos acostumbramos a reconocer como aprendizaje lo que viene presentado como tal: un método, cinco pasos, una herramienta que puedas aplicar mañana. La literatura no te entrega eso tan ordenado. Te deja observando una situación, sospechando de alguien, entendiendo algo que al principio habías juzgado de otra manera.

En el trabajo interpretamos personas todo el tiempo: cuando un cliente rechaza una propuesta, cuando alguien no pide ayuda, cuando un jefe dice que quiere ideas nuevas pero se incomoda apenas aparece una. Hay deseos, miedos, lealtades, orgullo y necesidad de reconocimiento metidos en decisiones.

Las novelas te acostumbran a mirar esa complejidad. Un personaje puede querer a alguien y hacerle daño. Puede defender una causa justa por vanidad. Puede estar convencido de que hace lo correcto y producir un desastre. Leer eso te permite reconocer contradicciones sin asumir enseguida que hay un error en la historia. A veces, la contradicción es, justamente, lo más cotidiano en el trabajo.

También está la cuestión de la perspectiva. Vos sabés algo que un personaje ignora; después descubrís algo que cambia lo que pensabas de él. Esa experiencia de tener que revisar un juicio es valiosa para cualquiera que trabaje con otras personas, sobre todo cuando tu rol te da poder para decidir sobre ellas. ¿Cuánto de lo que llamamos “falta de compromiso” podría ser cansancio, una instrucción confusa o una dificultad que nadie se animó a contar?

Y hay otra cosa: una novela exige quedarte. Seguir una idea durante más de treinta segundos. Recordar un detalle, esperar, volver atrás, aceptar que todavía no entendés. Esa disposición tiene mucho que aportar en entornos donde contestar rápido suele pasar por ser competente y hablar con seguridad, por saber.

Ahora, tampoco quisiera defender la lectura convirtiendo cada novela en un curso encubierto de habilidades laborales. Sería bastante triste terminar Anna Karenina y preguntarnos cuáles son los tres aprendizajes aplicables a la gestión de equipos. Una novela puede darte placer, perturbarte o hacerte compañía sin tener que justificar su existencia con una mejora en tu desempeño.

Así que la próxima vez que te sientas culpable de sentarte con una copa de vino a perderte en la última novela de Isabel Allende (o porque no, una fanfic de AO3), fijate si entre todas tus obligaciones también te anotaste la de justificar lo que disfrutás.

Yo todavía me descubro haciéndolo. Por algo escribí una nota entera explicando cuánto puede servirte leer novelas para el trabajo.

Sobre la autora Pamela Hickethier @pamela_hickethier

Consultora de marcas y mamá. Escribe sobre marketing, innovación y vida corporativa: lo que funciona, lo que damos por sentado y las prácticas que seguimos repitiendo sin saber bien para qué. Con criterio, algo de humor y un buen vino.

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