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Crecimiento

El mito del 100%

Entre el trabajo, la familia y hasta el mandato de estar bien, siempre parece que podríamos dar más. ¿Y si dejamos de exigirnos como si dar más del 100% fuera posible?

Pamela Hickethier · Columnista
27 oct 2026 · 6 min de lectura
mujer con bateria repartida entre varios aspectos de su vida

Hay días en que estoy en una reunión, escuchando, tomando notas, haciendo las preguntas que corresponden, mientras una parte de mi cabeza sigue intentando resolver algo que pasó con mi hijo. Estoy ahí. Pero también estoy en otra parte. Y aunque cumpla con lo que tenía que hacer, puedo terminar el día con esa sensación bastante conocida de que debería haber dado más. Ya sea más atención, más energía, más ideas... siempre algo más.


Decimos "dar el cien por ciento" o " ser tu mejor versión" como si fuera una medida razonable para cualquier día de nuestra vida. Lo ponemos en posteos de LinkedIn, en frases en instagram, lo celebramos cuando hablamos de emprender, lo esperamos de nosotras mismas. Una profesional comprometida da el cien. Una madre presente, también. Una pareja, una amiga, una mujer que se cuida: cien para cada una.

No sé quién hizo esa cuenta, pero claramente no tenía una calculadora, un calendario, o capaz, tenía ayuda. 

A veces llegamos al trabajo con un 50% de nuestra atención porque el otro 50 está ocupado en un problema de nuestro hijo en el colegio. O tal vez tenemos un 80% porque todavía nos estamos recuperando de una gripe. A veces estamos apenas en un 30% porque estamos preocupadas por una deuda, o acompañando a alguien que queremos, durmiendo mal desde hace semanas. Todo eso viene con nosotras. No se queda en la puerta de la oficina ni espera pacientemente a que terminemos de trabajar.



Me interesa especialmente lo que pasa cuando intentamos salir de esa exigencia. Porque incluso ahí podemos encontrar otra lista de cosas que deberíamos estar haciendo: meditar, entrenar, escribir un diario, poner límites, aprender a estar presentes, sanar aquello que todavía nos duele.


Valoro tener herramientas para sentirnos mejor. Lo que pasa es que también ahí puedo sentirme en deuda. Como si, además de resolver todo lo demás, tuviera pendiente convertirme en una mujer completamente en paz. Estar al 100% también en mi "healing era".


 

Hay semanas en que no quiero sacar un aprendizaje de lo que me pasa. Quiero resolver el problema y dormir. Hay días en que sé perfectamente por qué estoy cansada y no necesito profundizar demasiado: hice muchas cosas, dormí poco y mañana tengo que volver a levantarme temprano.


Me gustaría que hubiera más espacio para admitir eso sin tener que convertirlo inmediatamente en un proyecto de mejora personal. También en el trabajo. Poder decir "hoy necesito que me ayudes con esto", renegociar un plazo, admitir que no llegamos o concentrarnos en lo urgente requiere reconocer cuánto podemos hacer. A veces seguimos aceptando cosas para sostener la imagen de que podemos con todo, y después pagamos esa promesa con horas de sueño, mal humor y agotamiento. Eso tampoco es una forma muy sostenible de comprometernos con lo que hacemos.


¿Qué pasaría si llegáramos al trabajo entendiendo que dar el 100% es dar lo que tenemos disponible ese día? Quizás dejaríamos de confundir estar haciendo lo que podemos con no estar haciendo lo suficiente.

Por supuesto que hay responsabilidades que tenemos que cumplir, incluso en días difíciles. Pero cumplirlas no debería exigirnos fingir que tenemos siempre la misma energía. Podemos hacer un buen trabajo y necesitar ayuda. Podemos amar lo que hacemos y tener una semana en la que apenas nos alcance la cabeza para lo indispensable. Podemos amar a nuestra familia y necesitar que nos den espacio unas horas. 

Estoy intentando dejar de usar mis mejores días como la vara mínima para todos los demás. Todavía me cuesta. Sobre todo cuando termino una jornada pensando en lo que quedó pendiente y me olvido de contar todo lo que tuve que atender para llegar hasta ahí.

Quizás pueda empezar por una cuenta un poco más honesta. Si hoy una parte de mí estaba preocupada por mi hijo, otra seguía recuperándose de una gripe, otra hacía cuentas mentales y, aun así, pude sentarme a trabajar y cumplir con lo importante, eso también tiene que entrar en la evaluación.

No quiero terminar cada día debiéndome algo. Somos una sola persona con las mismas 24 horas de siempre, estemos trabajando, cocinando, limpiando, estudiando, menstruando, o festejando. El día nunca va a tener más de 24 horas ni nosotras más que el 100% de nuestra atención y nuestro ser.

Sin embargo, solemos evaluar nuestro desempeño como si nada de eso estuviera pasando. Comparamos lo que hicimos hoy con lo que podríamos hacer descansadas, tranquilas, sin preocupaciones y con ocho horas de sueño. Una versión de nosotras que, por cierto, no siempre está disponible para tomar el puesto.

Sobre la autora Pamela Hickethier @pamela_hickethier

Consultora de marcas y mamá. Escribe sobre marketing, innovación y vida corporativa: lo que funciona, lo que damos por sentado y las prácticas que seguimos repitiendo sin saber bien para qué. Con criterio, algo de humor y un buen vino.

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